Tranquilo, no te pongas nervioso, tranquilo...
... tranquilo majete en tu sillón.Esta canción de Celtas Cortos tiene varias lecturas. La que me place ahora mismo me recuerda aquella historia de un campesino chino y su hijo que dice así:
Había una vez en China un campesino que vivía con su hijo en una granja cercana a un pueblecito. El hijo, honesta persona a la sazón como su padre, era aficionado a salir a pasear por las colinas cercanas. Cierto día, durante uno de esos paseos, se encontró con un hermoso caballo salvaje que pacía tranquilamente al lado del camino. Se acercó, y no creyendo la suerte que tenía, descubrió que el caballo era docil y le llevó de vuelta a la granja.
"¡Qué suerte tenemos, padre!", exclamaba el hijo. "Ahora tenemos un caballo y podemos usarlo para salir a pasear e ir más lejos que antes. Además podremos tener potros y criarlos. ¿No es una bendición del cielo haberlo encontrado?".
El padre, siempre reflexivo y prudente respondió: "Bueno, ya veremos qué sucede. Ahora lleva al caballo al establo y ocúpate de que esté cómodo. Yo te ayudaré."
El hijo, algo extrañado ante la falta de entusiasmo de su padre, se ocupó de que el caballo estuviera cómodo, le puso forraje y lo abrigó bien para que no pasase frío por la noche. Muy contento se fue a dormir, pensando en los fabulosos paseos que daría por las colinas en compañía de su nuevo amigo.
De madrugada, él y su padre oyeron un ruido muy fuerte, como si algo muy pesado se quebrase y cayese al suelo. Se levantaron y fueron hasta el establo. Allí, ante la tristeza del hijo, descubrieron que la puerta del establo yacía rota sobre el suelo y que el caballo había escapado.
"¡Ah, qué gran desgracia!", se lamentaba el hijo. "De haber sabido que ese caballo nos acarreraría esto, lo habría dejado pastar tranquilamente en la colina y nunca lo hubiese traido. Lo siento muchísimo padre. Nunca debería haberlo traido".
Pero el padre, aparentemente tranquilo, le dijo: "Bueno, no te preocupes; ya veremos qué sucede. Ahora vamos a intentar arreglar la puerta. Yo te ayudaré."
Así hicieron pues, y arreglaron la puerta todo lo bien que la escasa luz de la antorcha les permitió. Después volvieron a la cama, pues se levantaban siempre al alborear el día.
Pero antes de que el sol empezase a asomar detrás de las colinas, cuando ya se preparaban para levantarse, oyeron un ruido que parecía ser un relincho. Bajaron y descubrieron al lado del establo al caballo que había traido el joven el día anterior, junto a dos preciosas yeguas blancas.
El hijo no podía creer la suerte que tenían: "¡Padre, es increible! ¡Había ido a buscar a sus parientes! Ahora tenemos tres caballos en vez de uno sólo. ¿No es maravilloso?"
Pero el padre, apoyado reflexivamente en el flanco del caballo, respondió: "Bueno, cálmante, ya veremos qué sucede. Ahora hay que alojar cómodamente a estos tres nuevos amigos que tenemos. Vamos, yo te ayudaré."
"¡Qué suerte tenemos, padre!", exclamaba el hijo. "Ahora tenemos un caballo y podemos usarlo para salir a pasear e ir más lejos que antes. Además podremos tener potros y criarlos. ¿No es una bendición del cielo haberlo encontrado?".
El padre, siempre reflexivo y prudente respondió: "Bueno, ya veremos qué sucede. Ahora lleva al caballo al establo y ocúpate de que esté cómodo. Yo te ayudaré."
El hijo, algo extrañado ante la falta de entusiasmo de su padre, se ocupó de que el caballo estuviera cómodo, le puso forraje y lo abrigó bien para que no pasase frío por la noche. Muy contento se fue a dormir, pensando en los fabulosos paseos que daría por las colinas en compañía de su nuevo amigo.
De madrugada, él y su padre oyeron un ruido muy fuerte, como si algo muy pesado se quebrase y cayese al suelo. Se levantaron y fueron hasta el establo. Allí, ante la tristeza del hijo, descubrieron que la puerta del establo yacía rota sobre el suelo y que el caballo había escapado.
"¡Ah, qué gran desgracia!", se lamentaba el hijo. "De haber sabido que ese caballo nos acarreraría esto, lo habría dejado pastar tranquilamente en la colina y nunca lo hubiese traido. Lo siento muchísimo padre. Nunca debería haberlo traido".
Pero el padre, aparentemente tranquilo, le dijo: "Bueno, no te preocupes; ya veremos qué sucede. Ahora vamos a intentar arreglar la puerta. Yo te ayudaré."
Así hicieron pues, y arreglaron la puerta todo lo bien que la escasa luz de la antorcha les permitió. Después volvieron a la cama, pues se levantaban siempre al alborear el día.
Pero antes de que el sol empezase a asomar detrás de las colinas, cuando ya se preparaban para levantarse, oyeron un ruido que parecía ser un relincho. Bajaron y descubrieron al lado del establo al caballo que había traido el joven el día anterior, junto a dos preciosas yeguas blancas.
El hijo no podía creer la suerte que tenían: "¡Padre, es increible! ¡Había ido a buscar a sus parientes! Ahora tenemos tres caballos en vez de uno sólo. ¿No es maravilloso?"
Pero el padre, apoyado reflexivamente en el flanco del caballo, respondió: "Bueno, cálmante, ya veremos qué sucede. Ahora hay que alojar cómodamente a estos tres nuevos amigos que tenemos. Vamos, yo te ayudaré."
A partir de ese día, el joven hijo, feliz, salía a pasear con su hermoso caballo por las colinas. Pero un día en que iban los dos al galope y disfrutando del viento, el caballo tropezó en un agujero del camino y los dos cayeron al suelo. El joven tuvo la mala suerte de caer mal y romperse una pierna.
Mientras su padre le entablillaba la pierna, intentaba animarle y consolarle. Pero el hijo lloraba y se lamentaba: "¡Ay padre, ahora no podré ayudarte con las tareas de la granja durante meses! Ese caballo nos ha traido la desgracia. ¡Ojalá nunca lo hubiese traido a casa!"
Pero el padre, tranquilo y sereno, le contestó: "Bueno hijo, no te preocupes. Ya veremos qué sucede. Ahora lo importante es que reposes y te cures bien. No te preocupes por las tareas de la granja, pues puedo hacerlas yo sin ningún problema. ¡Ánimo, yo te ayudaré a pasar mejor estos meses".
Pasaron algunos días y el joven hijo permanecía tranquilamente recostado y recuperándose. Mas una tarde, mientras su padre y él estaban sentandos contemplando la puesta de sol, un grupo de jinetes del ejército chino irrumpió en la granja. Quedaron parados enfrente de padre e hijo y el comandante leyó un bando imperial con voz poderosa. El bando informaba de que todos los jóvenes en edad militar tenían que ser enrolados en el ejército para repeler una invasión bárbara. Cuando hubo terminado de leer, el comandante ordenó al joven que se dispusiese a partir con ellos. Más nada más hacer esto, vio las dos tablas que rodeaban su pierna y supo que aquel joven no les serviría. Tras esto, los jinetes partieron al galope.
Tras esto el joven hubiese saltado de haber podido, tal era la alegría que lo colmaba. Sin embargo, cuando ya iba a hablar para alabar a su providencial caballo, vio que su padre lo miraba fijamente. De repente sonrió, asintió y guardó silencio.
Padre e hijo siguieron observando cómo el sol se ocultaba detrás de las colinas.
Esta es una historia que me encanta. Contiene una enseñanza que yo considero básica.
Esta es una época de cambios drásticos. Ahora mismo mi dama, mi amor, está viviendo conmigo en casa. Hay menos incógnitas que hace una semana, pero sigue habiendo muchas. La única certeza es que quiero que las cosas sigan, y que este calorcito que siento dentro ahora mismo no desaparezca nunca.
Algo tan grande como el amor trae cosas, muchas cosas nuevas a la vida, la enriquece hasta límites insospechados y te hace ver el mundo de otra manera. Por lo menos así es en mi caso. Es importante tener claro que las cosas que trae a tu vida pueden ser tanto beneficiosas como perjudiciales, estresantes o relajantes, alegres o tristes. Es vital conservar la perspectiva.
Estoy menos asustado que hace una semana, pero lo sigo estando un poco. No sé qué es lo que va a salir de todo esto. Lo único que sé es que es cierto es la ilusión que siento por ello. No es un mal sitio en el que construir.
La primera semana ha sido estupenda. Y las que vendrán serán mejores.
Mientras su padre le entablillaba la pierna, intentaba animarle y consolarle. Pero el hijo lloraba y se lamentaba: "¡Ay padre, ahora no podré ayudarte con las tareas de la granja durante meses! Ese caballo nos ha traido la desgracia. ¡Ojalá nunca lo hubiese traido a casa!"
Pero el padre, tranquilo y sereno, le contestó: "Bueno hijo, no te preocupes. Ya veremos qué sucede. Ahora lo importante es que reposes y te cures bien. No te preocupes por las tareas de la granja, pues puedo hacerlas yo sin ningún problema. ¡Ánimo, yo te ayudaré a pasar mejor estos meses".
Pasaron algunos días y el joven hijo permanecía tranquilamente recostado y recuperándose. Mas una tarde, mientras su padre y él estaban sentandos contemplando la puesta de sol, un grupo de jinetes del ejército chino irrumpió en la granja. Quedaron parados enfrente de padre e hijo y el comandante leyó un bando imperial con voz poderosa. El bando informaba de que todos los jóvenes en edad militar tenían que ser enrolados en el ejército para repeler una invasión bárbara. Cuando hubo terminado de leer, el comandante ordenó al joven que se dispusiese a partir con ellos. Más nada más hacer esto, vio las dos tablas que rodeaban su pierna y supo que aquel joven no les serviría. Tras esto, los jinetes partieron al galope.
Tras esto el joven hubiese saltado de haber podido, tal era la alegría que lo colmaba. Sin embargo, cuando ya iba a hablar para alabar a su providencial caballo, vio que su padre lo miraba fijamente. De repente sonrió, asintió y guardó silencio.
Padre e hijo siguieron observando cómo el sol se ocultaba detrás de las colinas.
Esta es una historia que me encanta. Contiene una enseñanza que yo considero básica.
Esta es una época de cambios drásticos. Ahora mismo mi dama, mi amor, está viviendo conmigo en casa. Hay menos incógnitas que hace una semana, pero sigue habiendo muchas. La única certeza es que quiero que las cosas sigan, y que este calorcito que siento dentro ahora mismo no desaparezca nunca.
Algo tan grande como el amor trae cosas, muchas cosas nuevas a la vida, la enriquece hasta límites insospechados y te hace ver el mundo de otra manera. Por lo menos así es en mi caso. Es importante tener claro que las cosas que trae a tu vida pueden ser tanto beneficiosas como perjudiciales, estresantes o relajantes, alegres o tristes. Es vital conservar la perspectiva.
Estoy menos asustado que hace una semana, pero lo sigo estando un poco. No sé qué es lo que va a salir de todo esto. Lo único que sé es que es cierto es la ilusión que siento por ello. No es un mal sitio en el que construir.
La primera semana ha sido estupenda. Y las que vendrán serán mejores.
3 comentarios:
¿Quién?¿Quién?
Eso digo yo! A ver cuadno la presentas!
Me alegro de que todo te vaya bien, cielo. Y pasa de los miedos. Que las cosas sigan su curso, y si algo sale mal, pues mala suerte, pero que el miedo a ello no te impida disfrutar del momento :D
:) ¡Qué bien!
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